CUENTOS

El ascensor

Imanol contiene la respiración mientras comprueba que ni Teresa ni Ainoha han visto lo que ha sucedido. Ambas se dirigen al coche taconeando, la una retoca su peinado, la otra trastabilla con la gasa de su largo vestido. Ya frente al vehículo, se vuelven y lo observan. Su mujer alza la ceja derecha y su…

Leer más

¿Duele, Lola?

El hombre está sentado en la butaca negra junto a la cama, los codos sobre las rodillas, los dedos entrelazados, el pie derecho golpea rítmicamente el suelo, en el que tiene la vista clavada; los baldosines hexagonales, que han conocido tiempos mejores, están unidos por una pasta que debió de ser blanca pero que ahora…

Leer más

Querer no es poder

Sabía que su vida estaba a punto de cambiar. Sentada tras la gran mesa de caoba observó su nuevo despacho con una sonrisa contenida y el pecho henchido. Las pinturas renacentistas, el tapiz flamenco, el techo artesonado; las banderas colgando indolentes flanqueando el ventanal.  El camino había sido arduo, pero había valido la pena. Atrás…

Leer más

Los ojos de las japonesas

Nora mordisqueaba la uña de su pulgar.  El nórdico la cubría hasta la cintura; llevaba el pijama azul afelpado de Frozen y rodeaba con el brazo izquierdo su peluche; fruncía los labios. Me sentí agobiada y culpable. Quizá estaba realmente mal que saliera. Pero entonces Nora dijo: −Yo quiero tener los ojos como las japonesas.…

Leer más

La cripta

El padre Benito se arrodilló ante el chaval y extendió la mano. “Dame el fusil”, -dijo-; “ahora no lo vas a necesitar”. El chico se aferró al arma instintivamente e intentó levantarse del jergón; emitió un grito callado; la herida del muslo lo obligó a desistir. Con una mueca de dolor entregó, reticente, su objeto…

Leer más

Roturas

Escucha el golpe de la puerta al cerrarse. El eco rebota contra las paredes y la envuelve, apoca su cuerpo aún más, si cabe. Tendida sobre el gres helado encoge las piernas con cuidado y adopta posición fetal. Respira superficialmente. Parte de su cabello se ha deslizado sobre su rostro y, entre mechones, al fondo,…

Leer más

Las cinco y diez

Las cinco y diez. Veinte minutos y estarán juntos de nuevo. Está sentada, sola,  en el banco más apartado de la puerta por donde los pasajeros acceden al andén, las piernas muy juntas, como la mujer recatada que le enseñaron a ser, y la espalda bien erguida; lanza reiteradas miradas al reloj, cuyas manecillas no…

Leer más